Mi Primer Ultra Maratón

April 18, 2018

 

Mi historia con el cerro viene de siempre. Cuando tenía dos años mi papá empezó a hacer Alas Deltas, por lo tanto los fines de semana nos la pasábamos, o en el cerro viendo el despegue y esperando el aterrizaje, o si no se volaba, escuchando historias de sus subidas a la cordillera.

 

La idea de correr me vino de vieja, pero sintonicé rápido y como con todo lo que me gusta, me lo tomé en serio. Empecé corriendo en la calle, sin embargo no demoré mucho en darme cuenta que el cerro era lo mío.

 

Después de dos años corriendo algunos Trails, quise aumentar la distancia. Entrenaba con un grupo de amigos sin ningún plan, pero mi idea de preparar 42 kms me hicieron llegar a Andrés Barraza, que ya lo venía palabreando hace algún tiempo.

 

Lo primero que me dejó en claro fue que él no entrenaba con grandes volúmenes de trote, que no era necesario. Yo dudosa, tuve que confiar a ojos cerrados y con una planificación en base a potencia, me súper preparó para correr los 45 kms que esa vez fueron El Patagonia Run 2016.

 

Después de esa carrera tuve la certeza que iba a correr 70 kms, pero no en cualquier parte, sino  ahí mismo. “Andrés, tú crees que yo pueda?”, la respuesta fue tajante….. “Ooooobvio pues Isa, obvio que tú puedes”, y desde ese momento la idea definitivamente se instaló y no salió nunca más de mi cabeza.

 

Me da un poco de pudor hablar sobre las sensaciones que me genera el cerro, pero para todos los que me conocen bien, saben que la montaña produce en mí algo bien especial. “Mamá, tú siempre andas mirando los cerros cuando manejas”, me dicen mis hijos en el auto. Y sí, los miro, me imagino ahí y gozo cada vez que puedo estar en ellos. Me siento cómoda, me entretengo, me emociona no sólo el paisaje, sino también el silencio, el olor, el poder estar lejos de todo, el tener un espacio para conectarme conmigo.

 

Preparar mi primer ultra fue un proceso largo y acontecido. Después de una fractura en el peroné entrenando tuve que poner a prueba mi voluntad y perseverancia. Me recuperé rápido, pero me costó agarrar ritmo y confianza. Estuve todo el 2017 a tropezones, pero el objetivo era súper claro: correr los 70 del Patagonia Run 2018.

 

A fines de agosto me vino una tendinitis importante en el tendón de aquiles. Estuve dos meses sin correr, pero del cerro no me alejé ni un poco. Iba y caminada rápido. Me puse a nadar para no perder capacidad aeróbica, y Camilo y Hernán de Medpro hacían un trabajo de joyería. Entre sus capacidades kinesiológicas y su paciencia infinita con mis ataques de ansiedad me preparaban para quedar a punto en diciembre, “vamos a llegar Isa, tranquila”, era la frase típica de Camilo.

Cuando ya estaba casi lista una amiga me pisó con sus zapatillas de clavo. Cinco puntos en mi pie izquierdo retrasaron dos semanas la vuelta a las pistas. No podía correr, menos nadar. Todos se agarraban la cabeza y no lo podían creer, cómo tan mala suerte!!

 

Entrenar para un ultra no requiere tanto más inversión de tiempo. Yo no entendía mucho por qué Andrés no me hacía correr más que a todo el resto del equipo que se preparaba para 42 kms. Pero esta vez el entrenamiento era en base a altimetría y tiempo. Con eso, más el nado, más las subidas al Plomo con mi team imbatible (y mi querido JT liderando de manera impecable) y al  Leonera con mi papá, además la paciencia de Andrés al que le dije explícitamente que aparte de mi entrenador era mi amigo, así que iba a tener que bancarse mis ataques de locura, Camilo que hacía lo suyo hasta el final con el tendón, Perci que me ayudó a plasmar mis ganas planeando la carrera desde la cabeza, mi familia que soportan a esta mamá y señora media loca, hiperactiva, matea y obsesiva y mis queridos, muuuuy queridos amigos del trail….. me lancé!!!!!

 

Era tercera vez en el Patagonia Run, 42, 21 y ahora 70 kms.  “Isa, nada puede fallar”, con esa frase se despidió Andrés el día previo a la carrera a las 19:30 cuando me acosté. Después mi querida amiga Jose me regaloneaba preparándome el isotónico, carboloader y todo con tal que no me moviera más…. linda!!! A las 12.35 am del sábado me levanté. Nos abrazamos largo con la Jose, nos dijimos las palabras de rigor previas a una carrera: “Corre #$%&/” y partí caminando al bus de acercamiento.  Pero otro gran amigo, Pato, no me dejó sola, se levantó, me acompañó y me dejó instalada “Vamos, lo vas a hacer increíble”.

 

Ya sola en el bus, camino al lugar de la partida, respiré hondo y dije: TAMOS!!!!!!

Largamos a las 3 AM y de ahí para delante puras cosas buenas.  La carrera la dividí en 7 tramos de 10 km aprox. Era como hacer siete repeticiones, pero en todas procurando estar tranquila, nunca llegar a umbral. Y así fue…. La oscuridad de la madrugada era magnífica, se veía la luna, estrellas, el bosque, yo en medio de esto, con algunos corredores adelante, otros atrás o a veces sola, feliz!!!!  En el km 27, con 5 grados bajo cero empezó a salir el sol en un bosque congelado y precioso.

 

El km 40 era la parte más alta de la carrera, uno llega a la cumbre del cerro Quilanlahue luego de una subida durísima y la vista es sencillamente espectacular. Cuando empecé a bajar sentí por primera vez que mi cuerpo estaba agotado, empecé a sentir músculos de mis piernas que no había sentido nunca. De ahí al km 55 me fui pensando en todo lo que me preparé para llegar a correr donde estaba, de lo privilegiada de soy. En ese trayecto me reí harto con leseras que pasaban en el camino, frases que nos decíamos con otros corredores, quería que mi cabeza no pensara en las piernas adoloridas y se enfocara en mis motivaciones.

 

Llegué al 55 y de repente veo a una loca desatada corriendo hacia mí. Era lo mejor que me pudo haber pasado…. Me encontré con la Jose!! Era su km 26. Nos abrazamos, lloriqueamos, me preguntó cómo venía y me dijo “ay que bueno verte bien y contenta”. Esa fue una verdadera inyección, le dije que partiera y me esperara en la meta. Ahí me vino como un segundo aire, me cambié de ropa y me vestí de Bucle completa, era como el uniforme de guerra. Me enchufé el audífono, cosa que jamás había hecho en una carrera y partí los últimos 20.

Me puse a cantar y a correr. Correr era muchísimo más fácil que caminar. Tomé conciencia que mi cabeza era poderosa, que mis piernas respondían a lo que yo quería que hicieran. Que estaba en la última parte de mis 70!!! Que iba perfecta, feliz!

 

A 1 km de la meta empecé a sentir los gritos de la Franchi, el “corre Isa, vamos Bucle carajo” llegó tan hondo que entre la emoción y felicidad corrí entera y con una sonrisa enorme hasta el final.  En la meta divisé a mis queridos Bucles esperándome todos, mostré mi número, levanté un brazo y el abrazo que me esperaba no lo olvidaré nunca.

 

Misión cumplida….y bien cumplida!! Uno siempre puede, esto es mucho más que un par de piernas, es querer hacerlo, dejarse llevar por el corazón y ponerle mucha cabeza, porque tu cuerpo hace siempre lo que la mente cree y tu corazón hace que se convierta en una de las mejores experiencias de la vida.

 

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